Segundo Epílogo

 

Escribo un segundo epílogo. Rompo reglas. ¿Quién escribe dos epílogos?: Quienes no desean o no saben cómo acabar su libro o no  pueden desprenderse del tema.  Un segundo colofón  permite dilatar el punto final y facilita pasear por las palabras antes de coronar  el libro.   Hay quienes gozan terminar  un libro y hay quienes temen hacerlo. Yo soy parte del segundo grupo. ¿Terminé?, ¿realmente acabé?, ¿qué falta, qué sobra?, ¿lo entrego, o  lo guardo y lo releo?  Divago,  así tardo en cerrar. Suelto ideas: Un punto final sin  final,  una carrera cuya meta cercana parece lejana, un deseo para detener el tiempo externo y  darle suficiente tiempo y  razones al tiempo interno   para   madurar y escribir FIN.  Divago. La palabra FIN puede aguardar. No corre prisa escribirla. Depende del tiempo interno.

Divago de nuevo. Aunque no es lo mismo ser huérfano a los veinte que a los sesenta, la orfandad siempre es cruda.    “No hay una buena edad para ser huérfano”.  Lo he dicho  a solas y se lo dije a algunos conocidos. Mientras bajaban el cuerpo sin vida de Helen a la tierra, a la tumba vecina y cercana a la de mi padre, a la tierra que la vio nacer y nos verá morir, repetí, muchas veces, en silencio, “No hay una buena edad para ser huérfano”.    Cuando las palas dejaron de trabajar y la última carga de tierra selló su morada, asumí la conclusión de un  capítulo de mi vida: de ahora en adelante soy huérfano.

Mis padres, al igual que muchas parejas,  planearon su último refugio: vidas compartidas, túmulos vecinos, décadas en casa, muertos cercanos.  No critico, admiro, me sorprendo: algunas parejas planean cohabitar durante la infinita muerte al lado de la tumba del ser amado. Los túmulos vecinos de parejas con vidas largas son frecuentes. No hay panteón sin sepulcros vecinos de parejas de largo aliento. Al lado del ser amado, durante la muerte,  la vida continúa. La proximidad  con el compañero aminora la maldad de la muerte; “se le vence un poco”, me dice un viejo amigo, siempre enamorado.  Ser   Baucis, ser Filemón. La muerte no agota la vida.

De acuerdo a la mitología griega,  los viejos campesinos recibieron la bendición de Zeus y Hermes,  convirtiéndolos, tras su muerte, debido a su generosidad,  en  roble y tilo, Filemón adquirió la fortaleza del roble; Baucis la belleza del tilo y su humus rico en minerales y nutrientes. Entre ambos árboles, supongo, mediaba una distancia pequeña. Las hojas se tocaban, se miraban, volaban con en el mismo viento. Los  troncos compartían tierra, calor, lluvia, gusanos, cielo, nubes.   Quizás, ¿por qué no?, se reprodujeron y engendraron nuevos árboles.

De nuevo divago. “No hay una buena edad para ser huérfano, pero sí  la hay para agradecer el cobijo paterno y materno” escribo ahora.    Memorias,  palabras, caricias, forma de ser, gratitud, resiliencia,  preocupación por  la familia, siempre la familia,  son su herencia, fueron su vida.  Todo en una casa con cinco habitantes. Todo en una ciudad y en un país, sin familiares, sin primos, sin tíos, sin nadie en nuestra mesa los días de fiesta.

A su modo, como pudieron, Moisés y Helen, con el dolor por el destierro, con la orfandad impuesta por la sinrazón durante la Segunda Guerra Mundial, con la casi totalidad de sus seres cercanos, entre ellos  infantes y jóvenes, no sólo muertos, sino muertos sin sepultura, sin una pequeña urna o espacio  donde una placa honrase su historia,  con   su nombre y  fechas de nacimiento y de  muerte,  construyeron en México una hogar, una  vida y una  casa México,  una familia y un destino.

La casa paterna es mucho: en sus paredes se adquieren, o no, las herramientas para forjarse como ser humano. En el hogar  de Moisés y Helen, al lado de mis dos hermanos, crecí y me convertí en persona. Nunca valoré suficiente  su sabiduría por no infundirnos odio, ni aprecié, como debería ser, sus artilugios para no infectar  nuestras vidas con las heridas propias del destierro y de las muertes. Ahora, aquí,  lo hago. Ahora no divago: admiro la voluntad de mis padres. Forjaron una morada sólida, yerma de inquina a pesar de saberse vejados.

Tras la muerte de Helen, regreso a las calles de mi infancia. Se regresa por muchas razones. Hay quienes lo hacen  cuando  han perdido todo o casi todo. Otros,   cuando llega la  orfandad –“nunca hay una buena edad para ser huérfanos”-,   algunos,  por  el  placer propio de la melancolía. Mirar hacia atrás, sirve.  Regresar no enferma, ayuda, construye. Alguna vez escribí, “El tiempo se modifica con el tiempo. El mundo suele abandonarnos antes de que optemos por decir adiós. Regresar al tiempo y al mundo de la infancia construye. Invita a  mirar hacia atrás. Hacerlo, sirve”.

La  muerte de los progenitores suma y resta; ausencia y legados son sumas y restas necesarias. Sumar y restar es imperativo. A la ausencia la matiza el tiempo; a  los legados los fortalecen “otros tiempos”. Siempre el tiempo: Nada como el tiempo para  ubicar la muerte.

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Los legados de quienes emigran involuntariamente tienen múltiples lecturas. En los hogares de los  refugiados, sobre todo de guerras, el ambiente es distinto. Una dosis de dolor, tristeza, desarraigo, soledad –con frecuencia sólo existe  la familia parental- y añoranza  es la regla. No se crece mal en esos hogares, pero sí de manera distinta. Sin familiares cercanos,  fiestas,  pérdidas,  alegrías y   tristezas son eventos casi privados.  No compartir la vida con personas con apellidos similares es triste, más si eres niño y sabes que tus vecinos hablan de su familia. Sin primos en las calles, sin tíos en las colonias aledañas, sin familiares con la misma heráldica, la identidad se construye exclusivamente en la casa paterna, con las herencias de los padres, con la presencia de los hermanos. Sin las voces de tíos, abuelos y primos una especie de vacío es inevitable. Pronto se constata:    vivir sólo con la  familia parental marca. Timidez, melancolía, diferencia y cierta inseguridad son vivencias de esa realidad.

Shakespeare, en  Cimbelino, escribe,  Acojamos el tiempo tal como él nos quiere. Sabiduría y paz son necesarias para cumplir esa máxima. Acogerse al tiempo, a los sucesos incómodos e injustos de la vida,  es difícil.  Mis padres, en muchos aspectos, fueron Cimbelinos: Aunque mi padre recordaba con frecuencia  la destrucción de su pueblo y  de su hogar, la mayor parte del tiempo los dos  aparcaban el dolor   y convivían  adecuadamente  con la familia y con su nuevo entorno. Ambos se encarrilaron  con entusiasmo y gratitud a su nuevo tiempo y   apreciaban la fortuna por  haber construido una casa, como dije, una casa México.

El dolor por el desarraigo nunca se va del todo. Mi padre cargó siempre con   su fotografía:  Un enorme retrato, color sepia,  con sus padres y nueve hermanos asesinados durante el nazismo, colgada en su estudio, lo acompañó toda la vida, en todas las casas, en todos los tiempos.  Pienso, nunca lo dijo, que verlos, al menos verlos,   mitigaba un poco las heridas  y  la culpa por haber sobrevivido.

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Mientras escribo estas líneas  miro (y toco) el árbol que veía y que nos miraba, a mí,  a mis hermanos, y a mis padres durante la infancia y la juventud. Mi cuarto y el de mis padres eran contiguos. Desde nuestro departamento, en el primer piso, esas ramas nos acompañaban de día y de noche. Los vientos variaban sus  fuerzas y con ellos el vaivén de las ramas: tocaban las ventanas,  caían al piso y regaban  hojas y pequeñas ramas en las calles con las cuales construíamos todo tipo de fantasías, sobre todo casas y algunas canchas de futbol.

Tras el deceso  de mi madre, y la ya vieja muerte de mi padre, regreso al árbol y a los derredores de mi infancia. No divago. Me acerco a mi rumbo. Camino por las calles incontables veces andadas. Todo ha cambiado. Las calles vecinas, la fachada del edificio, las casas cercanas, la escuela de enfrente, el jardín de la familia  Procuna, la puerta de la señora Gómez, el dúplex de los Pérez, el terreno baldío y sus innumerables rincones… todo ha cambiado. Casas nuevas han sustituido hogares viejos, hermosas verjas metálicas elaboradas con gusto  dejaron su paso a tabiques descoloridos, puertas eléctricas en vez de manuales, púas en lugar de flores. Las enredaderas en los árboles de la cuadra, hogar de lagartijas y escondite de resorteras y recados escritos o imaginados se  han marchado. Lo mismo ha sucedido con  la peluquería, la plomería, la tiendita  de la esquina, la tortillería,  la planchaduría y la banca de ladrillo rojo frente a  mi edificio.  En esa banca pasé muchas horas y urdí incontables historias. Ya no está. Hoy, mientras camino  por las calles de la infancia, entre parquímetros  y franeleros,  entre los automóviles  que no cesan de usar el claxon para empujar a los coches lentos o parados, recuerdo con cariño a mi familia pequeña, pequeñita, a mis padres y hermanos. El recuerdo atempera la ausencia y mitiga la pena.   No verlos ni saber más de mis padres es, a  la vez, crudo, doloroso,  normal.

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Sentado en mi coche, miro las casas, observo a la gente,  divago: pasa el tiempo y yo con él. Después,  camino unas cuadras o me  recargo nuevamente unos minutos en el árbol que veía y me veía. Pronto doy cuenta de la realidad: De la geografía de la infancia sólo quedan  recuerdos. El mapa de esa linda y remota época ha sido suplido. Todo es distinto. La palabra otras engloba todo: otras casas,  otras puertas,  otros jardines,    otras aceras cuyos  pisos irregulares impiden  pintar con gises para seguir jugando avioncito o dígalo con mímica. Otras vidas, otros tiempos,      otras familias ocupan mis espacios. Lo mismo sucede con la fachada del edificio donde viví: una nueva cara ha suplido la vieja fisonomía; los enmohecidos  tabiques y el fierro oxidado no resistieron el paso del tiempo. En cambio, las  ramas y el lodo en el jardín vecino, otrora  suficientes para edificar cualquier ciudad,  siguen ahí: aguardan otras manos, nuevos proyectos, nuevos niños.  Otros otros constituyen la nueva realidad. Otros otros han nacido. Otros marchan, otros llegan.

Al lado de la casa primigenia, mientras veo el árbol,  regreso el tiempo y a la vez me observo. En esa calle ya nadie, ya nada, salvo los recuerdos, el árbol,  las grietas en el asfalto,  y alguna que otra nube vieja y despistada, quizás la de ayer, sigue ahí.  El tiempo cambia, empuja. Mientras empuja, atesoro, al lado de ese árbol, quizás eterno,  mi pasado, mi presente.   Los troncos, como la vida, como la muerte, como las simientes,    perviven. A la ausencia la matiza el tiempo; a los legados los fortalecen “otros  tiempos”. Tras perder a su hijo, David Grossman en Más allá del tiempo, escribió, “Él ha muerto, pero su muerte no ha muerto”.

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El epílogo me alcanza. Hubiese querido seguir. No más. Divagar tiene un límite: Hacerlo en exceso refleja inseguridad. Las palabras arropan un tiempo y amainan el dolor seco del punto final. Después se agotan, después no llegan. No hay remedio. Todo lo que comienza, termina. Maravilloso sería  no escribir punto final. No hay cómo: PUNTO FINAL.