Paulina Rivero Weber

Facultad de Filosofía y Letras, UNAM

Noviembre de 2011

El problema del aborto radica en que tanto legos como científicos tienen razones para fundamentar sus ideas en torno a lo que vale o no vale la vida embrionaria en sus diferentes fases. Pero como aquí veremos este conflicto puede tener una solución.

Que los valores y las creencias religiosas inducen a errores es algo comúnmente aceptado hasta por las mismas personas religiosas. Las creencias que justificaron sacrificios humanos entre los antiguos pobladores de nuestro país o los tormentos de la así llamada santa inquisición, son dos ejemplos entre miles de ellos. Hoy en día ciertas comunidades cristianas continúan realizando la práctica de la “automortificación de la carne”, en la cual el individuo se lastima a sí mismo para ser perdonado por supuestas faltas cometidas o para evitar cometerlas, por extraño que esto parezca. La realidad es que a las personas que creen en una religión, estas actitudes les parecen perfectamente justificadas.

También a lo largo de la historia de la ciencia encontramos constantes ejemplos de estudiosos que malinterpretaron datos científicos y extrajeron de ellos falsas conclusiones. Un ejemplo es el de Samuel George Morton, que en 1839 y 1844 publicó respectivamente Cranea America y Cranea Aegyptiaca, para cinco años después exponer sus conclusiones. Éstas, basadas en la comparación de la capacidad craneal entre diferentes razas, proponían un listado de cinco razas humanas y “demostraba” la superioridad de la raza caucásica sobre la negra.[1] El tamaño del cráneo científicamente medido y estudiado sirvió para argumentar en pro de la superioridad racial, cosa que hoy haría sonreír a muchos neurofisiólogos, si no fuera por las implicaciones políticas y sociales de este tipo de aseveraciones. Hoy sabemos que la inteligencia depende de una serie de factores neuronales y no del tamaño del cráneo y que se pueden encontrar grandes cráneos con muy poca inteligencia.

Pero ese es sólo un ejemplo de cómo el ser humano no puede evitar comparar y valorar los datos recibidos. Por eso detrás de cada descripción existe siempre una prescripción. Así, el más cotidiano pensamiento al igual que casi cualquier expresión científica, conllevan prescripciones valorativas, por ejemplo: “Para una asepsia adecuada es necesario usar agua y jabón antes de tocar una herida”. Esta es una verdad irrefutable, pero detrás de ella hay una prescripción: “Se deben lavar las manos antes de tocar una herida”. El concepto “deber” ha introducido la prescripción y con él, el ámbito ético: para un médico no conservar la higiene necesaria no es sólo una falta de higiene, sino una falta ética que pone en riesgo la vida de su paciente. Lo mismo sucedería con la siguiente aseveración: “En ciertos casos médicos es necesaria una transfusión sanguínea”. La prescripción detrás de esa aseveración es: “a ciertos pacientes debe suministrárseles una transfusión sanguínea”. Sin embargo hay pacientes que se niegan a recibir este tipo de tratamientos por considerarlos contrarios a sus principios religiosos.

Ese tipo de casos, como muchos otros, no llegan a una solución desde una ética de principios, porque la confrontación tiene lugar a nivel de los aspectos más fundamentales de un individuo. Éstos son aquellos que sostienen la totalidad del sentido de su vida y que por lo mismo no pueden cambiar sin alterar la totalidad de su existencia, cosa que pocos individuos se atreven a realizar. Es por eso que para este tipo de conflictos resulta necesario pensar en una ética de consecuencias y no en una ética de principios morales. Ésta resulta pertinente no sólo porque no cualquiera está dispuesto a cambiar sus principios, sino también porque los legisladores de un país tienen el poder de imponer sus principios morales al resto de la comunidad y esto es sumamente peligroso. Cada ciudadano debiera tener el derecho a guiar la propia vida bajo sus principios morales, evitando simplemente el daño a sí mismo o a otros, o al menos eligiendo siempre el menor daño posible cuando no hay otra alternativa.

El aborto es el dilema que mejor manifiesta la pertinencia de una ética de consecuencias. Un creyente puede refutar toda propuesta científica aduciendo la existencia del alma en el cigoto. Un científico por su parte puede definir con toda claridad la mórula y el blastocisto en cada una de sus fases. Pero el conflicto sobre el aborto no se resolverá por ese medio, porque quienes se oponen a él pueden conocer al pie de la letra estas fases del embrión e incluso comprenderlas; aun así pueden valorar ese tipo de vida de muy diferentes maneras.

¿Cómo resolver este conflicto? El camino adecuado es una ética de consecuencias que parta de los hechos empíricos, esto es: de lo que en realidad sucede en nuestra sociedad. Es un hecho que el aborto existe y siempre ha existido en todos los estados de la República. Pero ésta ha sido una realidad muy diferente para las mujeres de clase alta y para las de clase baja. Las primeras siempre que lo han requerido han abortado con todos los cuidados y comodidades necesarias en hospitales de lujo o en el extranjero. Las mujeres de clase más baja, lo han hecho para terminar enfermas, muertas y ahora, por increíble que parezca, encarceladas.

Lo anterior no es prerrogativa de nuestro país, como puede verse en el filme de Mike Leigh, “El caso de Vera Drake”, en el cual se presenta la situación anterior con toda claridad. Mike Leigh afirmó que esta obra “representa a centenares de mujeres del Reino Unido”, pero en realidad representa a miles de mujeres en todo el mundo: mujeres que abortan en hospitales que parecen hoteles de cinco estrellas y mujeres que mueren en la calle desangradas tras un legrado. Hombres y mujeres que ayudan a realizar un aborto sin problema alguno y hombres y mujeres que por hacerlo acaban con sus vidas.

Una ética de consecuencias en torno al aborto no se detiene a valorar el estatus del embrión sino que valora las consecuencias que conlleva legislar o no el aborto. No legislarlo implica continuar beneficiando la clase alta, que sin problemas decide libremente en un momento dado qué hacer ante un embarazo. Legislarlo tan sólo extiende ese derecho al resto de los hombres y mujeres del país. Porque en efecto, es un derecho que incluye los hombres que muchas veces apoyan a su pareja o a su paciente en este tipo de decisiones y no pueden hacerlo con libertad: se trata de un derecho de la mujer que también conlleva una afecta la actitud ética y política de los hombres.

No tenemos que discutir sobre permitir o no el aborto; éste ha estado permitido por años, digan lo que digan las leyes, para ciertas mujeres. Se trata de extender beneficios, que ya existen para las mujeres de clase alta, al resto de las mujeres de nuestro país. ¿Qué beneficio es este? No es el beneficio de abortar: es el beneficio de decidir qué hacer con la propia vida, con el propio cuerpo. Cada hombre y cada mujer debe tener ese elemental derecho: decidir qué hacer con su propio cuerpo.

Legislar el aborto en toda la República es una necesidad impostergable para nuestro país.

¿Quieres aprender más? Puedes ver estos excelentes filmes:

The Cider House Rules

Director: Lasse Hallström. Con Michael Caine y Tobey Maguire.

Vera Drake

Director: Mike Leight. Con Imelda Staunton y Jim Broadbent.

[1] Damián Vallejo, “¿El origen de un cisma? Darwin y el pensamiento norteamericano en el siglo XX”. Texto de próxima publicación en la revista Cuadrivio.