Ricardo Tapia I.

Presidente del Colegio de Bioética, A.C.

Diciembre de 2011

 

Gracias por permitirme hablar en nombre mío y de los demás ganadores del Premio Ciudad Capital Heberto Castillo 2011.

En los 5 minutos que se me concedieron quisiera tocar tres puntos. El primero se refiere a insistir una vez más en la importancia de la ciencia para toda la sociedad. Se ha repetido hasta el cansancio, y demostrado con cifras, que el porcentaje del PIB que un país destina a la actividad científica es directamente proporcional a su progreso económico y social, así como –y en esto no se ha insistido lo suficiente- a una mayor y mejor cultura y educación de los diversos grupos sociales, en especial de los jóvenes.

Es indudable que el progreso del conocimiento sobre la naturaleza, que es el fin primordial de la investigación científica, ha alcanzado durante el siglo pasado un nivel que difícilmente podrían haber imaginado los gigantes de la ciencia de todos los siglos anteriores. Es tal la velocidad de este progreso y de la generación de nuevos conocimientos, que tan solo en la primera década del siglo XXI se han logrado avances extraordinarios en todas las áreas de la ciencia, avances sorprendentes no sólo porque difícilmente se podían haber predicho, sino por el detalle alcanzado sobre los mecanismos que rigen los fenómenos naturales, en especial el funcionamiento de los seres vivos.

Este impresionante progreso en el conocimiento ha dado lugar a adelantos tecnológicos, productos, procedimientos, medicinas, cirugías, medios de comunicación y de transporte, y muchos otros adelantos que han revolucionado y beneficiado, en mayor o menor grado, la vida cotidiana de todos los habitantes del planeta. Estos beneficios son ya tan comunes que parecería que se han generado de manera natural y espontánea, por lo que se olvida que nunca hubieran ocurrido si no es, en primer término, por la investigación científica.

Debido a que la primera misión de la investigación científica es la generación y elaboración de conocimientos sobre la naturaleza, la ciencia posee su propia lógica y no se concibe sin la libertad de investigación, una de las cualidades más preciadas de las universidades públicas en México. Esta autonomía y esta libertad, sin embargo, implican principios propios de ética y responsabilidad, que exigen a la ciencia someterse a una evaluación permanente y rigurosa. Una de estas enormes responsabilidades es, sin duda, la educación.

Por su propia naturaleza, la ciencia proclama, genera, difunde y propone una actitud analítica basada en el conocimiento. La ciencia enseña a pensar para decidir sobre bases más firmes y realistas, y es aquí donde la ciencia tiene un papel fundamental en la educación a todos los niveles.

No concibo una educación exitosa cuando en lugar de enseñar a pensar, a analizar, a reflexionar, a razonar, con base en información y conocimientos científicos, impone creencias, fe y dogmas. ¿Cómo podrán nuestros niños y jóvenes contender con la realidad social y discernir lo que es veraz y pertinente, en este siglo que sin duda es el siglo del conocimiento globalizado por el Internet y los medios electrónicos, si no es con una educación basada en el conocimiento científico?

Por ello, el segundo punto que quiero tocar es el de la laicidad: la investigación científica es esencialmente laica, ya que la única autoridad que reconoce, si se le puede llamar así, es la que se desprende de los resultados de la observación y la experimentación. Por eso, la ciencia se contrapone en esencia con los dogmas y las creencias religiosas, que se basan en los dichos, los conceptos o las instrucciones de una autoridad que se cree poseedora de la verdad porque se considera recipiente de lo que Dios ordena. La ciencia no tiene fe, tiene argumentos, tiene datos y es racional, mientras que las religiones tienen exactamente lo contrario: fe sin análisis, carencia de datos y nula racionalidad.

Por todo esto, el producto de la ciencia, el conocimiento, es un bien público necesario para la sociedad, ya que determina y genera el progreso, la calidad y el mejor desarrollo de prácticamente todas las actividades humanas. Por ello el Estado, sobre todo en un país laico como el nuestro, debe ser el principal garante y promotor de la ciencia, actividad indispensable para resolver los mayores problemas nacionales, entre los cuales están la ignorancia, la deficiente educación y la carencia de información científica para tomar decisiones.

Esto último, la toma de decisiones, me lleva a mi tercer punto: la necesidad de que los gobernantes, los legisladores y en general todas las autoridades públicas que tienen el poder y cuyas decisiones afectan directamente a toda la sociedad, se informen, consulten y analicen, conjuntamente con la comunidad científica, los conocimientos sobre el tema. Sólo así, me parece, podrán los gobernantes realizar exitosamente obras públicas que generen beneficios tangibles, que superen los inevitables efectos colaterales perjudiciales, cuando se trata de construir vialidades, racionalizar el uso de la energía, diseñar y aplicar programas de salud, eliminar desechos, suministrar agua potable, establecer medios de transporte masivo, etc.

Y sólo así podrán los legisladores elaborar y aprobar leyes constructivas y no prohibitivas, que respeten la autonomía personal y el beneficio social, en lugar de legislar para poner obstáculos a la preservación y mejoría de la salud individual y colectiva. La sociedad mexicana acaba de vivir un ejemplo dramático de esta situación, cuando 18 estados de la República establecieron en sus constituciones la definición dogmática y anticientífica que afirma que una célula, el óvulo fecundado, debe considerarse como una persona nacida, generando con ello graves consecuencias negativas y retrógradas, entre ellas seguir penalizando el aborto. Desafortunadamente, en la reciente discusión sobre este tema la Suprema Corte de Justicia de la Nación, aunque logró una mayoría numérica de votos, ésta no fue suficiente para declarar inconstitucional esa absurda definición de persona.

Una sociedad que antepone sus creencias religiosas o sus dogmas políticos al conocimiento científico es una sociedad paralizada, detenida en el siglo pasado, si no es que en la Edad Media.

Muchas gracias.

 

* Discurso pronunciado en la entrega del premio Ciudad Capital Heberto Castillo 2011. El autor es Investigador Emérito Instituto de Fisiología Celular, Universidad Nacional Autónoma de México, e Integrante del CCC.