Dr. Ruy Pérez Tamayo

Marzo de 2009

Durane el siglo XVIII los historiadores interesados en la evolución de las ideas (en especial, los afiliados a la Ilustración) reconocieron y postularon que a fines del siglo XVI y durante la primera mitad del siglo XVII había ocurrido un cambio fundamental en la manera de concebir el mundo y en la forma de generar conocimientos confiables sobre la realidad. Este fenómeno se identificó sobre todo en Occidente, principalmente en Europa (Italia, Francia, los Países Bajos, Alemania, Inglaterra) y se bautizó como La Revolución Científica. Aunque el concepto tuvo (y sigue teniendo) opositores, hoy casi todos los historiadores de la ciencia están de acuerdo en que la ciencia (o filosofía natural) anterior a 1500 era radicalmente distinta a la ciencia posterior a 1700.

La transformación se hace obvia cuando se consideran los tres puntos fundamentales en que difieren las dos posturas mencionadas frente al estudio de la naturaleza: 1) la introducción de las matemáticas, sobre todo en la física y en la astronomía; 2) el rechazo de la filosofía aristotélica, en especial el abandono de su concepto cerrado del universo y la adopción del modelo abierto copernicano, así como la desaparición de la causalidad propuesta por el Estagirita, sobre todo su postulado teleológico; y 3) la emergencia del método experimental y del estudio personal de la realidad, en sustitución del criterio de autoridad, que hasta entonces prevalecía como fuente última de la verdad. Existe consenso en señalar al año 1543 como el inicio simbólico de esa Revolución Científica, pues fue cuando aparecieron dos textos básicos para su desarrollo: el Revolutionibus de Copérnico y la Fabrica de Vesalio.

Más recientemente, los historiadores de la ciencia han identificado una revolución semejante en el siglo XIX, a partir de la publicación del libro El Origen de las Especies, de Charles Darwin, en 1859. Aunque al principio su influencia se sintó sobre todo en las ciencias biológicas, pronto se amplió para incluir a todos los ámbitos de la cultura de Homo sapiens, afectando a los principios básicos de la relación de este último con la realidad. De hecho, no hay duda de que, con excepción de los que, por “razones” ideológicas insisten en referirse al postulado fundamental como la “teoría de la evolución” (cuando es obvio que desde tiempo dejó de ser una teoría para convertirse en un hecho sólido, uno de los mejor documentados en toda la ciencia), hoy ya todo el mundo la acepta como un hecho real.

En relación con las diferencias entre la revolución científica darwiniana y la postura religiosa (principalmente cristiana, pero también islámica), Gould intentó hacer las paces, insistiendo en que son compatibles porque se refieren a dos campos distintos: la ciencia al estudio de la naturaleza, la religión a cuestiones morales. Este es su famoso concepto de NOMA, siglas en inglés de Non- Overlapping Magisteria, o sea Magisterios No Superpuestos. Aparte de las otras críticas que pronto aparecieron en contra de ese concepto simplista, debe señalarse que ignora por completo a la bioética, que postula la generación de las reglas morales del comportamiento a partir no de mandatos divinos o de principios trascendentales sino del conocimiento científico de la biología. Esta es la razón principal por la que el creador del término, Van Rensselaer Potter, la llamó bio-ética.

El hecho incontrovertible de la evolución y la demostración múltiple de la realidad de la selección natural como su mecanismo principal, acumulada progresivamente a partir de 1859 hasta hoy, 150 años después, apoya el postulado central de la bioética: para alcanzar la supervivencia del mundo biológico debe cuidarse la conservación del ambiente ecológico, siguiendo las indicaciones derivadas del conocimiento científico cada vez mejor de la biología, no sólo del hombre y de todos los seres vivos que lo acompañan en su paso por el planeta Tierra (o en cualquier otro sitio del universo en que se encuentren), sino también de las características de su habitat, amenazadas por el ecocidio creciente derivado de la ignorancia y/o de la irresponsabilidad de Homo sapiens, quien necesita urgentemente “el conocimiento de cómo usar el conocimiento.”