Comentario sobre libro.

Dr. RubénLisker

 Abril de 2009

La palabra clonación, se acuño en 1903 para describir una colonia de individuos derivada asexualmente de un solo progenitor. El diccionario de la Real Academia Española, la define como conjunto de células u organismos genéticamente idénticos, originados por reproducción asexual a partir de una única célula u organismo. Por ello el término “clonación terapéutica” cuyo objetivo no es reproductivo, resulta un poco extraño y se usa porque experimentalmente, la parte inicial del procedimiento, la transferencia del núcleo de una célula somática a un óvulo enucleado, son iguales en ambas situaciones. En la primera el embrión resultante se introduce al útero de un animal de la misma especie, buscando su reproducción y en la segunda, en nuestra especie, se destruye el embrión a los seis días de formado, para obtener las células troncales totipotenciales y diferenciarlas hacia diferentes tejidos, con la idea de usarlos después como transplantes específicos e intentar curar numerosa enfermedades, hoy intratables.

La obra que hoy comentamos se llama: La clonación humana en la organización de las naciones unidas y lleva como subtítulo el de “debate bioético”. La autora, Lourdes Motta Rodríguez señala que el avance vertiginoso de la biotecnología planteo en su momento la posibilidad de clonar seres humanos, lo que llevó a la ONU a sentir la necesidad de elaborar una convención internacional contra la clonación de seres humanos con fines reproductivos, “es decir elaborar un instrumento que tuviera fuerza jurídica vinculatoria para los Estados miembros”.

Aparte de la introducción, el libro tiene nueve secciones y las primeras ocho describen con mucha claridad todo el proceso desde diciembre de 2001, cuando la Asamblea General decidió establecer un Comité Especial para elaborar la convención ya señalada, hasta la adopción de una declaración, que no convención, el 8 de marzo de 2005. Debe aclararse que la declaración no es de adopción obligatoria y que cada uno de los países miembros de la ONU, deberá decidir con sus correspondientes cuerpos legislativos lo que conviene hacer. En esta sección, se reproduce la explicación del voto de México en 2005, que junto con otros 83 países decidieron apoyar la prohibición total de la clonación. Conviene desde ya señalar que 34 países se opusieron, 37 se abstuvieron y otros 37 no estuvieron presentes. Dos puntos destacan de la explicación de México: a) la insistencia en señalar que se buscó siempre respetar la dignidad humana; y b) la incapacidad de distinguir entre la clonación con fines reproductivos de la encaminada a buscar conseguir células totipotenciales, para usarlas como agentes terapéuticos.

Esto último, en mi opinión simplemente refleja ignorancia del tema y faltade asesoría adecuada, sin descartar que si la tuvieron pero decidieron no hacer caso. En contraste con esta votación, la postura de México en 2003, fue votar por una prorroga de 2 años para no tomar una posición precipitada y todavía en octubre de 2004, propuso que dado que uno de los pocos puntos de acuerdo generalizado era la oposición a la clonación reproductiva, se votara en ese sentido, dejando que cada uno de los países miembros con sus respectivos cuerpos legislativos decidiera que hacer con la “clonación terapéutica”. No se lo que ocurrió, pero supongo que la presión de los grupos más conservadores, entre otros la iglesia, modificó esta postura.

En la sección denominada reflexiones finales, la autora concluye, entre otras cosas, que el haber terminado el proceso en una declaración y no una convención, constituyó un fracaso para la ONU, al no lograr el consenso y muestra las divergencias sobre el particular.

Más aún dice, correctamente, que en realidad 108 países no votaron por la prohibición, si sumamos a los 34 que votaron en contra con los 37 que se abstuvieron y con los 37 que no estuvieron presentes. Esto se hace más claro si se suma el número de habitantes de los países que votaron a favor contra el resto, tarea que realicé para esta presentación, encontrando que lo población combinada de los países que votaron a favor, constituyen sólo alrededor del 25 % de la población mundial. El grupo más numeroso de los otros tres grupos, es el de los países que votaron en contra, que incluyen a China y la India.

En esta misma sección, la autora destaca y yo concuerdo con ella, que el texto de la declaración final, no es suficientemente claro y contundente y que los congresos nacionales para tomar su decisión tendrán que plantearse cuestionamientos como ¿qué es la dignidad humana? Y ¿qué debe entenderse por protección a la vida humana? La parte final de la obra está formada por 34 anexos que aclaran muy bien las diferentes propuestas realizadas a los largo del proceso y quienes fueron los interlocutores principales del mismo. A mi me interesó mucho el anexo 26 llamado “consideraciones de la Santa Sede sobre la clonación humana” por ser el único documento que busca explicar, cuando menos parcialmente, lo que se quiere decir con dignidad humana, frase que en este contexto siempre me ha dejado un tanto perplejo, y que se usa mucho.

Dice a la letra “aquí la dignidad significa la valía intrínseca que comparten de manera común e igual todos los seres humanos, independientemente de sus condiciones sociales, intelectuales o físicas. Es esa dignidad la que nos obliga a respetar a todos los seres independientemente de su condición y en especial si necesitan protección o cuidado. La dignidad es la base de todos los derechos humanos. Estamos obligados a respetar lo derechos de los demás porque en primer lugar reconocemos su dignidad”.

No aclara todo pero es un adelanto sobre lo que volveré más adelante, pero por lo pronto señalo que según esto somos “especiales” y parecería que en esencia, somos distintos a otros organismos vivos, lo que no cuadra bien con el espiritu Darwiniano que caracteriza este 2009, en que celebramos el 200 aniversario del nacimiento del genio ingles que cambió para siempre la concepción que el hombre tenía de si mismo y que así como Copérnico substituyó el geocentrismo de Ptolomeo y Aristóteles por el heliocentrismo (la Tierra y los demás cuerpos celestes giran alrededor del sol y no de nuestro planeta), Darwin rechazó el antropocentrismo. El hombre no se creó como el centro del universo, se ha convertido en la especie dominante por un proceso ciego, la selección natural y no por designio.

Suplico su indulgencia para insistir un poco más en este asunto. Ruth Macklin, profesora de ética médica en el Albert Einstein College of Medicine publicó en 2003 un artículo intitulado “la dignidad es un concepto inútil”. Señala que no parece significar nada más allá que respeto a las personas o a su autonomía. Dice que la literatura, en particular los documentos internacionales, están llenos de referencias a la dignidad del hombre, con frecuencia relacionados con asuntos genéticos o técnicas reproductivas. Un análisis minucioso de esto le sugirió que no constituyen más que frases imprecisas sin ningún sentido adicional de lo implícito en la ética médica de respeto a los prójimos: la necesidad del consentimiento informado, la protección de la confidencialidad y la necesidad de evitar practicas discriminatorias o abusivas.

En parte por este artículo, el Consejo de Bioética del Presidente Bush, decidió analizar a fondo el problema, solicitándole a los miembros de dicho Consejo y a algunos invitados que escribieran una serie de ensayos sobre el particular. El producto final fue una obra llamada “Bioética y el asunto de la dignidad humana” que se publicó en el 2008. El libro es voluminoso y colaboraron 23 profesionales de la bioética, que representan un amplio espectro de opinión, que va desde el punto de vista laico hasta el religioso. Varios de los escritos son comentados en la misma obra por personas con puntos de vista diferentes a la de los autores originales, lo que la enriquece mucho.

Como es natural hay diversos puntos de vista, pero parecería que la mayoría de los autores opinan que la dignidad humana en este contexto, es un concepto netamente religioso, relacionado directamente con la idea de un Dios creador. Lo que sucede, dicen algunos, es que a los Académicos modernos no les gusta hablar de religión en asuntos que competen por igual a religiosos que a no religiosos. Uno de los autores señala que las discusiones sobre el particular le recuerdan a cuando un grupo de adultos no quiere que los menores presentes en la discusión se enteren de lo que están hablando y para ello abusan del uso de frases crípticas, poco claras que a muchos confunden. En otras palabras, la reiterada defensa de la dignidad humana como principio fundamental de nuestra toma de decisiones en la ONU, significa en rigor, que en esa organización, cuando menos, ha triunfado el creacionismo sobre otras posturas, que a mi me gusta denominar como racionales y debe ser motivo de preocupación.

Volviendo a la obra que estoy comentando, pienso que esta muy bien hecha y que es una contribución valiosa a la discusión sobre estos temas. Incluye muchos datos tal como se fueron presentando en la realidad, además de una atinada apreciación personal de su significado por parte de la autora, que realza su valor, por lo que la felicito cordialmente. También un reconocimiento a la Comisión Nacional de Bioética por haber considerado que el asunto merecía un relato a fondo, a pesar de lo controversial del tema. Ciertamente que ya es hora que se discutan abiertamente estos asuntos.