Dra. Asunción Alvarez del Río

 Febrero de 2007

El tema de la muerte voluntaria ha vuelto a aparecer en el escenario mundial a raíz de la muerte de dos personas que decidieron terminar con una vida que consideraban indigna.[1]

El pasado 20 de diciembre falleció Piergiorgio Welby, un italiano de 52 años, enfermo de distrofia muscular progresiva desde los 18 y dependiente de un respirador artificial. Había pedido al presidente de la República, mediante una carta-video pública, la autorización para que le fuera desconectado el respirador. Afirmaba que su pedido no era un grito de desesperación, que amaba la vida, pero en la suya sólo quedaban las funciones biológicas que mantenía el irracional ensañamiento terapéutico.

Después de una larga conversación con él y de convencerse de que Welby estaba completamente seguro de su deseo de morir, Mario Riccio, un médico anestesista, accedió a ayudarlo. En presencia de los familiares y amigos que se encontraban en el departamento del enfermo, el médico lo sedó y retiró el respirador que lo mantenía con vida. Riccio explicó que simplemente cumplió con el deber de respetar el derecho del paciente de rechazar un tratamiento y antes lo sedó para que no sufriera.

La reacción de los representantes del Vaticano fue lamentable: le negaron un funeral católico a Welby alegando que éste había mantenido hasta el final su decisión de poner fin a su propia vida, una actitud contraria a la ley de Dios. Curiosa contradicción la de la iglesia Católica que defiende el respeto a la vida desde el nacimiento hasta la muerte natural y no reconoció el pedido de Welby. Éste deseaba que se siguiera el curso de la naturaleza y se le dejara morir, en lugar de interferir artificialmente para mantenerlo con vida en contra de su voluntad.

A muchos representantes del Vaticano les resulta muy fácil repetir que están a favor de la vida y en contra de la muerte. Lo que no entienden es que en eso coincidimos quienes defendemos el derecho de un enfermo a decidir el final de una vida que representa sólo sufrimiento. Nosotros también estamos a favor de la vida, pero no de cualquier forma. Valoramos la vida personal por encima de la vida puramente biológica y por eso nos parece tan importante respetar la libertad de quien admite que la muerte forma parte de la vida y, al mismo tiempo, quiere ejercer su libertad hasta el final.

El otro caso del que tuvimos noticia fue el de Madeleine Z, una mujer francesa de 69 años que vivía en España y el 12 de enero de este año se suicidó en su casa ingiriendo unos fármacos que mezcló con helado. Estuvo acompañada por dos voluntarios de la Asociación Derecho a una Muerte Digna. Madeleine padecía esclerosis lateral amiotrófica y siendo una mujer que había disfrutado enormemente su vida, eligió morir así antes de que la enfermedad la incapacitara para ello. Tenía muy claro el tipo de vida que no quería vivir y podría haber vivido más tiempo si hubiera tenido la seguridad de que alguien la habría ayudado a morir cuando ella lo pidiera y ya no pudiera hacerlo por sí misma. Pero sabía que no contaba con esa ayuda.

A diferencia de Welby, Madeleine pudo realizar la acción que puso fin a su vida. No hubo acción ilegal que perseguir porque la ayuda que le dio la asociación se considera legal: proporcionar información para saber cuáles son los fármacos, la dosis y la forma de administración adecuados para quitarse la vida sin dolor. Tampoco es delito acompañar a quien se suicida; lo que está penalizado es inducir a alguien a suicidarse o ayudar activamente a que lo logre.

El conocimiento de estos casos provoca reflexiones y preguntas. El caso Welby reveló una laguna legal muy importante en Italia. Si bien en ese país se reconoce constitucionalmente el derecho de un paciente a rechazar un tratamiento, ningún médico está obligado a respetar esa decisión. Por otra parte, dar una ayuda como la que solicitaba este enfermo puede considerarse eutanasia o ayuda al suicidio, delitos penalizados con cárcel de hasta 15 años. El médico del paciente (no el que lo ayudó a morir) comentó que sabía que el paciente tenía derecho a renunciar al tratamiento y él, en tanto su médico, podría haberlo desconectado obedeciendo a su petición conciente y haberlo antes sedado para que no sufriera, pero en el momento que hubiera visto que el paciente se empezaba a asfixiar y perdía competencia, hubiera estado obligado a hacer algo para evitar su muerte.

Esta contradicción demuestra que leyes, que seguramente fueron adecuadas en otros tiempos, deben modificarse para tener en cuenta las circunstancias que actualmente enfrentan médicos y pacientes. Esto aplica para nuestro país, donde existe un gran desconocimiento sobre lo que está legalmente permitido con relación a la limitación de esfuerzo terapéutico, sea porque el médico considera inútil dar un tratamiento o porque el paciente decide rechazar las opciones terapéuticas que el médico le ofrece. Al respecto, la ley de Francia del 22 de abril de 2005, intitulada “Ley relativa a los derechos de los enfermos al final de la vida” es un modelo muy interesante. Aunque no incluye la eutanasia activa, es muy clara al definir los derechos del paciente de interrumpir un tratamiento y la obligación del médico de respetar su voluntad.

Así como en Italia y España estos casos han servido para reavivar el debate sobre los derechos de los enfermos al final de la vida, deben servir en nuestro país para retomar una discusión que apenas ha surgido, pero que es igualmente necesaria. También en México existen pacientes, actuales o potenciales, a los que les preocupa mucho tener la seguridad que en el final de su vida tendrán la posibilidad de elegir, dentro de lo posible, la mejor de las muertes. Para unos, ésta se conseguirá decidiendo qué tratamientos quieren recibir y cuáles no. Para otros, que siempre serán los menos, necesitarán dar un paso más allá y adelantar su muerte mediante la eutanasia cuando el sufrimiento les resulte insoportable o, lo que es lo mismo, cuando consideren que es peor vivir que morir.

Usted, ¿ha pensado en lo que podría querer al final de su vida?

[1] “Quiero dejar de no vivir”. El País, 17 de enero de 2007. Turone F. Anaesthetist helps Italian patient who wanted to die. BMJ 2007; 334:9.