Dra. Asunción Álvarez del Río

Marzo de 2006

Dice Sherwin Nuland que en la actualidad, más que en cualquier otra época, se expresa el anhelo por conseguir una muerte digna, lo cual debe entenderse como un intento de la gente de superar el terror que le causa morir. Este terror ha aumentado en la medida en que las personas tienen conocimiento de experiencias de enfermos que mueren en condiciones que quisieran evitar para sí mismas.

Con el fin de ayudar a las personas a superar el terror a morir, Nuland escribió Cómo morimos. Reflexiones sobre el último capítulo de la vida (Alianza Editorial, 1995). En este libro comparte sus conocimientos y su experiencia como médico con el fin de acompañar a los lectores a pensar en las principales enfermedades y situaciones que, en nuestros días, llevan a la muerte. El autor describe los procesos biológicos de la enfermedad y la vejez que causan destrucción y degradación física, las cuales, reconoce, parecen poco compatibles con la dignidad. Pero considera que no debe abandonarse el ideal de lograr una muerte digna, siempre y cuando se tenga claro que ésta dependerá, más que nada, de que las personas elijan, en la medida de lo posible, su propia muerte.

Es muy difícil dar una definición de muerte digna. Parecería más fácil definir este concepto por su opuesto: decir qué se entiende por una muerte indigna. Pero tampoco puede esperarse consenso en este punto porque el sentido de la dignidad es subjetivo y, por tanto, puede variar significativamente entre diferentes personas. Así por ejemplo, habrá individuos que consideren inaceptable vivir dependiendo de otras personas para satisfacer todas sus necesidades; para otros, lo insoportable será padecer terribles dolores u otros síntomas físicos muy molestos; para otros, lo intolerable será encontrarse conectados a máquinas para sobrevivir. Estos son algunos ejemplos de formas de vida que, cuando son irreversibles, diferentes personas querrían evitar por considerarlas indignas. Pero es igualmente cierto que otras personas podrían aceptar estas mismas condiciones y no les resultarían indignas. Desde esta perspectiva, la muerte indigna es la que se vive en contra de lo que uno elige.

 Esta posibilidad de elección ante la muerte debe llegar al grado de decidir la terminación de la propia vida cuando el sufrimiento, el dolor o las limitaciones que impone una enfermedad hacen preferible la muerte. Pero antes de considerar esta decisión extrema, un enfermo que se aproxima a su fin ha debido tomar otras decisiones importantes con relación a los tratamientos que quería recibir y los que prefería rechazar. Las situaciones que hace un momento ejemplificaba como indignas podrían evitarse, en muchas ocasiones, si se tomaran y respetaran las decisiones adecuadas en el momento oportuno. Se evitaría, por ejemplo, aplicar de manera indiscriminada tratamientos que de antemano se saben inútiles. Sin embargo, sucede con frecuencia que el enfermo se ve impedido para elegir.

El principal obstáculo que tenemos en la época actual para tener una muerte digna proviene de nosotros mismos, de las personas que nos rodean o del personal médico que nos atiende. Se explica por una actitud, socialmente compartida, que niega la muerte, nos impide prepararnos para enfrentarla y reflexionar sobre lo que puede sucedernos al final de la vida. Y esto pasa también en México, en donde supuestamente tenemos una gran familiaridad con la muerte, la festejamos, y nos reímos de ella.

Ahora que la ciencia ha avanzado tanto en la comprensión de la naturaleza, hemos ido en sentido contrario en lo que se refiere a la preparación para la muerte, un acontecimiento que todos vamos a enfrentar. Como diría Philippe Ariès (El hombre ante la muerte, Taurus, 1983), en la sociedad occidental hemos permitido que la muerte recupere su salvajismo porque abandonamos los recursos que servían para “domesticarla”. Esos de los que se rodeaban nuestros antecesores, quienes reconocían en la muerte una fuente de dolor y angustia y, precisamente por eso, se preparaban y apoyaban para encontrar consuelo ante ella. Ahora, por no querer saber de la muerte, recurrimos al silencio, a la mentira y a la simulación cuando se hace presente. Hemos construido un círculo vicioso que nos vuelve cada vez más torpes para acompañarnos y nos deja más solos con nuestros temores.

Afortunadamente, esta situación empieza a revertirse porque la sociedad va tomando conciencia de las consecuencias lamentables de vivir ignorando la muerte. Va reconociendo que el sufrimiento es mucho mayor cuando se ignoran las necesidades de las personas que mueren y de las personas que viven la muerte de seres queridos. Un conjunto en donde todos, tarde o temprano, quedamos incluidos.

Es tiempo de recuperar la responsabilidad ante la muerte y comprender que, por muy angustiante que nos parezca tener que morir un día, no puede ser lo peor que nos suceda, simplemente porque forma parte de la vida. Peor que morir es no hacer nada para que se muera lo mejor posible porque en eso casi siempre hay algo por hacer.

La muerte digna dependerá de reconocer a tiempo que el fin es inevitable para que se tome en cuenta nuestra voluntad. Sería irresponsable no preguntarnos qué queremos al final de nuestra vida y qué esperamos de los otros cuando llegue ese momento. Reflexionar en estas preguntas y comunicar nuestras decisiones a las personas cercanas significa hacer lo que está en nuestras manos para elegir, dentro de lo posible, una muerte digna.