Dra. Margarita Valdés

Abril de 2006

Muchos autores han distinguido entre la eutanasia activa y la pasiva y han considerado que la primera es moralmente reprobable, en tanto que la segunda es moralmente admisible. La eutanasia activa consiste en adelantar el momento de la muerte de un enfermo, a petición de él mismo o de su representante legal, cuando padece una enfermedad grave e incurable y sus expectativas de sufrimiento físico y psicológico son altas, administrándole para ello alguna sustancia que, sin causarle dolor, le permita entrar en un estado de inconsciencia que lo conduzca finalmente a la muerte. Puede también considerarse eutanasia activa, a pesar de lo que digan muchos, la que se practica al retirar a un enfermo terminal algún soporte vital, cosa que a fin de cuentas también acelera su muerte. La eutanasia activa, como su nombre lo indica, consiste en llevar a cabo alguna acción, administrar una sustancia que ayude a morir más rápidamente y menos dolorosamente al enfermo o retirarle algún apoyo vital indispensable para sobrevivir, lo cual también trae como consecuencia la muerte anticipada del enfermo. La eutanasia pasiva, en cambio, no consiste en realizar una acción, sino, más bien, en no hacer nada frente a un enfermo que sufre intensamente sin esperanzas de recuperación. La eutanasia pasiva consiste en una mera omisión, en abstenerse de prestar la ayuda indispensable para que un enfermo sobreviva, en no proporcionar el medicamento o los medios necesarios para prolongar su vida.

Muchos piensan, como dije antes, que la eutanasia activa es moralmente reprobable, en tanto que la eutanasia pasiva es una práctica respetable. La razón de esto es que se juzga que hay una diferencia moral significativa entre matar y dejar morir; la eutanasia activa supone matar al enfermo, en tanto que la eutanasia pasiva ocurre cuando se le deja morir. El juicio moral que muchos emiten sobre la eutanasia activa y la pasiva descansa, pues, en último término, en una supuesta diferencia moral entre el acto de matar y la omisión consistente en dejar morir. Veamos, pues, si todos los casos de matar son moralmente reprobables y los de dejar morir moralmente loables. Luego, preguntémonos por la moralidad de la eutanasia activa voluntaria.

La distinción entre matar y dejar morir parece ser moralmente relevante cuando se trata de acciones u omisiones en relación con personas sanas. Es diferente desde un punto moral matar a una persona con buena salud (aunque me lo pida en un momento de depresión) a permitir que muera cuando le llegue el momento. Lo primero sería un asesinato, lo segundo no merece un premio, pero tampoco un castigo. Sin embargo, hay excepciones a esa regla; hay casos en los que dejar morir a alguien es tan moralmente reprobable como matarlo. Pensemos en un caso en el que vemos a un niño correr hacia un precipicio y pudiendo detenerlo no hacemos nada, o en el caso en que un médico recibe en la sala de urgencias a una persona gravemente herida y pudiendo salvarla, la deja morir. Más aún, parece haber casos en los que dejar morir a una persona puede ser moralmente peor que quitarle la vida. Pensemos en un soldado que ve a su compañero caer gravemente herido y escucha sus súplicas de que lo mate, pues sabe que en caso de encontrarlo vivo en el campo de batalla el enemigo lo someterá a espantosas torturas. En ese caso parecería más misericorde y compasivo matar que dejar morir. Por otra parte, si pensamos en un caso en el que un enfermo terminal en pleno uso de sus facultades pide a su médico que lo deje morir naturalmente y que no le administre ningún medicamento que pueda acelerar su muerte, el médico tiene la obligación moral de respetar la decisión autónoma del enfermo y dejarlo morir. De manera que la distinción entre matar y dejar morir no determina el carácter moral de todas las acciones y omisiones enumeradas. Hay casos de matar y de dejar morir moralmente reprobables y casos de matar y dejar morir moralmente loables.

Cuando en el contexto médico se habla de eutanasia, la muerte de que se trata es la de personas gravemente enfermas que sufren intensamente, que carecen de toda esperanza de recuperación, y que por ello mismo deciden solicitar al médico (personalmente o a través de algún representante en caso de tratarse de personas no competentes) acortar la etapa final de sufrimiento ayudándolas a morir. Si en los casos que mencionamos en el párrafo anterior la distinción entre matar y dejar morir no ayudaba a contestar la cuestión de qué es lo moralmente correcto, tampoco nos ayudará en el caso de la eutanasia. Si, como dijimos antes, hay casos en los que matar es moralmente preferible a dejar morir, podrá haber casos en los que la eutanasia activa pueda ser moralmente preferible a la pasiva; y si como también argumentamos antes hay casos en los que dejar morir es moralmente reprobable, podrá haber casos de eutanasia pasiva que resulten moralmente reprobables. Nuestro juicio moral sobre la eutanasia activa voluntaria debe, pues, hacerse tomando en cuenta otros principios éticos y no sólo la tan traída y llevada distinción entre matar y dejar morir que, como hemos visto, no es moralmente determinante.